Por la Comunidad Afrobasca
Euskadi nos ha visto crecer, transformarnos y, sobre todo, aportar. La diáspora de las personas del sur del Sahara en tierras vascas ya no es una realidad de paso; somos parte del tejido social, económico y cultural de Bilbao, Donostia, Gasteiz y de tantos pueblos que hoy resuenan con pluralidad. Al mirar nuestra trayectoria, vemos un proceso dinámico de enriquecimiento mutuo, donde el euskera y nuestras lenguas de origen conviven en las escuelas y plazas. Sin embargo, este arraigo se vive y se transita de maneras muy distintas según nuestro género.
Para los hombres de nuestra comunidad, el camino de la inserción suele estar fuertemente marcado por la hipervisibilidad en el espacio público y en sectores laborales tradicionalmente masculinizados, como la industria, la agricultura o la construcción. Esto a menudo los expone a estereotipos rígidos de género y a una presión constante por cumplir el rol de principales proveedores económicos, enfrentándose a barreras administrativas que dificultan su plena realización personal.
Por otro lado, nosotras, las mujeres de la diáspora, experimentamos el arraigo desde una doble trinchera. Muchas sostenemos los pilares de los hogares vascos a través de los cuidados y el empleo del hogar, sectores invisibilizados que restringen nuestra proyección profesional a pesar de contar, en muchos casos, con estudios superiores de nuestros países de origen. No obstante, lejos de asumir una posición de vulnerabilidad, las mujeres africanas en Euskadi estamos liderando la creación de redes de apoyo mutuo, asociaciones comunitarias y espacios de codesarrollo. Somos nosotras quienes tejemos lazos comunitarios fuertes, uniendo la solidaridad vecinal vasca con el sentido de comunidad africano.
Nuestra presencia en Euskadi es una historia de resiliencia y éxito compartido. Aportamos juventud a una sociedad envejecida, dinamismo cultural y un puente inquebrantable de cooperación y entendimiento bidireccional entre el Golfo de Bizkaia y el continente africano.


